Estudian la relación entre el cambio climático y una mayor presencia de avispas y riesgo de picaduras
La SEAIC advierte de que la expansión de la avispa asiática aumenta las posibilidades de exposición, eleva el riesgo de recibir varias picaduras y dificulta la identificación del insecto responsable.
Los inviernos más suaves y las temperaturas elevadas durante períodos cada vez más prolongados están ampliando la temporada de actividad de las avispas y, con ella, el tiempo durante el que la población puede estar expuesta a sus picaduras. La Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC) recuerda, no obstante, que una reacción alrededor del punto de la picadura es esperable y no debe confundirse automáticamente con una alergia.
Antes de hablar de alergia, los especialistas consideran fundamental distinguir entre una reacción local y una reacción generalizada. Cuando un insecto pica, inocula veneno, por lo que es habitual que aparezcan dolor, enrojecimiento, picor o inflamación en la zona afectada. “Una reacción local en la zona de picadura o de mordedura es inevitable, eso es normal, no hay que preocuparse por eso”, explica González de Olano, especialista en Alergología de la SEAIC.
La extensión y el aspecto de esta reacción pueden variar. Algunas personas presentan una inflamación de uno o dos centímetros, mientras que en otras puede alcanzar los cinco centímetros. También influye la parte del cuerpo afectada: una picadura en la cara o cerca de los ojos puede resultar mucho más llamativa que una picadura en la espalda, aunque siga tratándose de una reacción localizada.
La situación cambia cuando, tras una única picadura, aparecen síntomas alejados del lugar en el que se ha producido. Náuseas, vómitos, mareo, fatiga o manifestaciones en distintas partes del cuerpo pueden indicar una reacción generalizada o sistémica. “Estas segundas reacciones, las reacciones generalizadas, son las que nos preocupan y son en las que hay que sospechar alergia y en las que hay que derivar o acudir siempre a un alergólogo para estudiarlas”, advierte el especialista.
El estudio alergológico permite determinar si la reacción ha sido provocada por una alergia al veneno, tratar de identificar el insecto responsable y valorar la indicación de un tratamiento específico. Haber sufrido previamente una reacción generalizada es, además, el principal factor de riesgo para volver a presentar una respuesta de estas características.
El cambio climático está modificando la estacionalidad de los himenópteros, el grupo de insectos al que pertenecen las abejas y las avispas. Las temperaturas más altas y los inviernos menos fríos favorecen que permanezcan activos durante una parte mayor del año. “A la pregunta de si el cambio climático está alargando la temporada y el riesgo de picaduras en España, la contestación es sí”, afirma González de Olano.
En el caso de las abejas, la exposición está muy condicionada por el contacto con colmenas y por actividades como la apicultura. Las avispas, sin embargo, tienen una presencia más extendida en espacios urbanos, rurales y de ocio. “Antes las avispas probablemente teníamos un periodo, a lo mejor, de cinco meses al año y ahora, por el cambio climático, convivimos con ellas durante mucho más tiempo”, señala.
Esta prolongación no significa necesariamente que los insectos sean más peligrosos o que el veneno haya cambiado. El principal efecto es que aumenta el tiempo durante el que pueden producirse encuentros y picaduras, lo que obliga a mantener las precauciones más allá de los meses centrales del verano.
La avispa asiática complica el diagnóstico
A este cambio en la estacionalidad se suma la expansión de la avispa asiática o Vespa velutina. Su presencia comenzó a ser especialmente relevante en Galicia y la cornisa cantábrica, pero progresivamente se han identificado ejemplares y casos en otras zonas de la Península.
Su expansión plantea varios retos. Por un lado, incrementa la exposición de la población en las áreas en las que se establece. Por otro, si una persona se acerca o altera un nido, existe la posibilidad de que reciba más de una picadura. “La avispa velutina es agresiva y, si se siente amenazada, va a picar”, explica el alergólogo.
Recibir varias picaduras puede incrementar considerablemente la gravedad del cuadro, tanto en personas alérgicas como por la propia cantidad de veneno inoculada. Por este motivo, la SEAIC insiste en no acercarse ni tratar de retirar los nidos sin la intervención de profesionales. La llegada de esta especie también dificulta el diagnóstico. Tradicionalmente, una primera pista para diferenciar una abeja de una avispa era comprobar si había quedado el aguijón en la piel: la abeja lo deja clavado, mientras que la avispa no. Además, en la Península predominaban dos grandes tipos de avispas de interés alergológico, las véspulas y los polistes.
“Ahora tenemos un tercero, con lo cual, salvo que el paciente identifique, reconozca y sepa identificar cuál ha sido, nos dificulta un poco más el diagnóstico”, apunta González de Olano. Identificar correctamente el insecto no es una cuestión menor, ya que condiciona las pruebas diagnósticas y el tipo de inmunoterapia que debe administrarse.
Un tratamiento que modifica la enfermedad
La inmunoterapia con veneno de himenópteros está indicada en determinados pacientes que han sufrido una reacción generalizada y en los que el estudio confirma una alergia al veneno de una abeja o una avispa.
El tratamiento consiste en administrar, de manera controlada, dosis progresivamente crecientes del veneno responsable. El objetivo es conseguir que el sistema inmunitario desarrolle tolerancia y que, ante una futura picadura, una reacción que anteriormente habría sido generalizada se limite al lugar de la inoculación.
“De forma genérica, la inmunoterapia consiste en administrar de forma controlada dosis progresivamente crecientes del veneno para conseguir una tolerancia inmunológica de nuestro sistema inmune y que esas reacciones, generalizadas o sistémicas, acaben siendo locales”, explica el especialista.
A diferencia de la medicación empleada para aliviar los síntomas después de una picadura, la inmunoterapia actúa sobre la causa y modifica la evolución de la alergia.
“Es el único tratamiento que modifica la evolución de la enfermedad”, destaca el Dr. González de Olano, quien añade que, dado que algunas reacciones al veneno pueden llegar a ser mortales, “es un tratamiento curativo y que salva vidas”.
La inmunoterapia se administra habitualmente durante cinco años. La tolerancia alcanzada no desaparece al suspender las dosis, sino que la protección se mantiene durante varios años después de finalizar el tratamiento. J.S.LL./L.D.B. (SyM)






















